¡Madre del corazón!

 

 

‘‘Ya crecido el niño, se lo llevó a la hija del faraón, y ella lo adoptó como hijo suyo; además, le puso por nombre Moisés, pues dijo: ¡Yo lo saqué del río!’’ Éxodo 2:10 (NVI)

 

La mujer que conoceremos, no era de una fe firme a diferencia de otras grandes mujeres que la biblia nos muestra en el salón de la fe, del libro de hebreos. Sin embargo, Dios vio algo en ella como para confiarle el cuidado de un niño que más tarde se convirtió en el profeta Moisés.

Ella era una mujer egipcia que no conocía ni adoraba al Dios verdadero, al igual que la gente de su pueblo. Seguramente se vio influenciada por su padre quien gobernada Egipto y no tenía amor ni respeto por el Dios de Abraham.

En Egipto se encontraban sirviendo de esclavos los israelitas, es decir el pueblo de Dios. Y un día una preocupación llegó al corazón del Faraón y fue el hecho de que el pueblo israelita estaba creciendo rápidamente, lo que significaba que podían tomar fuerza y en cualquier momento revelarse contra él e irse del país.

Por más trabajo que daban a los israelitas estos no dejaban de multiplicarse, así que el rey dio orden a las parteras que cuando ayudaran a las hebreas en sus partos, se fijaran en el sexo: si era niño, debían matarlo; pero si era niña, debían dejarla vivir.  Sin embargo, las parteras temían a Dios, así que no siguieron las órdenes del rey sino que dejaron con vida a los varones.

Como has de imaginarte el rey se molestó mucho, así que ordenó a todo su pueblo que tiraran al río a todos los niños hebreos que nacieran y dejaran vivir a las niñas. Que temor debió haber provocado en las mujeres hebreas esta orden del rey.

Un hombre de la tribu de Leví se casó con una mujer, la cual quedó embarazada y tuvo un hijo. Ella lo escondió durante tres meses;  pero, no pudiendo tenerlo escondido por más tiempo, tomó un canastillo puso al niño dentro y lo dejó a la orilla del río.

Más tarde, la hija del faraón bajó a bañarse al río y vio el canastillo, entonces mandó a una de sus esclavas que se lo trajera. Al abrirlo y ver que allí dentro había un niño llorando, la hija del faraón sintió compasión de él y supo que era un niño hebreo.

Entonces la hermana del niño que se encontraba cerca observando propuso a la hija del faraón llamar una mujer hebrea para que le diera pecho al niño. La  hija del Faraón aceptó, así que la muchacha inteligentemente fue y buscó a su madre y la hija del faraón le pidió que tomara el niño y se lo criara y ella le iba a pagar por su trabajo.

La madre del niño se lo llevó y lo crió y ya grande se lo entregó a la hija del faraón, la cual lo adoptó como hijo suyo y lo llamó Moisés, pues dijo: ‘‘Yo lo saqué del agua’’.

Seguramente conoces el resto de la historia, este niño llamado Moisés, creció no solo en edad sino en el temor y conocimiento de Dios, al punto que fue la persona que Dios usó para sacar de la esclavitud a su pueblo y el mismo hombre mediante el cual, Dios manifestó muchos milagros. Todo gracias a que la hija del Faraón decidió ser su madre adoptiva y preservarle la vida cuando aún era un niño.

  

Puedes aprender algo de la hija del Faraón:

  1. Tuvo compasión.

La compasión que la hija del Faraón tuvo al ver al niño en aquel canastillo fue tan genuina, que no la hizo dudar e incluso temer ante las órdenes del rey. Supo que había algo que ella podía hacer y estuvo dispuesta a hacerlo.

Como vimos al inicio, ella no conocía a Dios ni tenia temor de Él, pero a pesar de esas limitantes se dejó utilizar para sus propósitos. No era una mujer de fe, no practica ninguna virtud cristiana, simplemente estaba allí en donde Dios iba a usar a alguien. Esto nos recuerda que Dios no nos elige por nuestras grandes habilidades o virtudes sino por su gracia y amor.

No tenía nada por el cual ser digna de que Dios pusiera en ella sus ojos, pero como nos afirma Él en su palabra ‘‘porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón’’ 1 Samuel 16:7 (RVR). Eso que nosotras no vemos al leer su historia, Dios lo vio y lo valoró.

En algo que me lleva a reflexionar esta historia, es en el hecho de que si esta mujer que no conocía a Dios pudo adoptar una virtud tan noble y no solo sentir sino manifestar compasión por otra persona, cuanta más compasión estoy yo obligada a sentir y manifestar, que he conocido al Señor.

Una forma práctica de ser compasivas es llevando las buenas nuevas de salvación a todos aquellos que todavía no conocen a Cristo. Amarlos al punto de interesarse por su seguridad eterna, ver con compasión su necesidad de conocer el amor de Dios para evitarles la muerte espiritual y que tengan que vivir una eternidad separados de Dios.

 

  1. Su amor fue genuino y sincero.

La hija del Faraón adoptó un niño, y no estaba de por medio solo el hecho de que fuera hijo de otra mujer, sino que tanto su madre como el mismo niño eran de otro pueblo, con otras creencias, costumbres y en condiciones inferiores a las que ella tenía. Pero ella no se consideró superior y le dio amor genuino y sincero.

Me resulta fascinante esta frase: ´´lo adoptó como hijo suyo’’  eso quiere decir que lo amo intensamente, que olvidó que no era suyo, que no llevaba su sangre, no se volvió a acordar de que un día lo había recogido. Ella le dio todo lo que estuvo en su capacidad, tuvo acceso a la mejor educación, a riquezas y también a su cariño y cuidado.

Esta historia me recuerda mucho a lo que Dios hizo por nosotras. ´´Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo. Gálatas 4:7 (RVR). Él nos adoptó como sus hijas y nos amó al punto de entregar a su hijo legítimo en salvación por nosotras.

 

  1. Comprendió el plan de Dios para su hijo.

Al final los planes de Dios para Moisés no era que se quedara a vivir al lado de su madre adoptiva para siempre. De hecho más adelante en la historia vemos como Moisés se regresa a vivir a su pueblo y en medio de su gente. Me imagino que debió ser muy duro para ella verlo partir, es posible que nunca más lo haya visto.

 Lo importante es que ella hizo lo que debió hacer cuando tuvo la oportunidad y hoy podemos recordarla por haber sido un  instrumento en las manos de Dios. ¡Esta historia es un llamado a no limitarte porque Dios te quiere usar!

La adopción por sí misma es el acto más noble y la manifestación de amor que se puede hacer, por alguien en necesidad de tener un hogar y una familia.

Algunas mujeres han llegado a disfrutar de este regalo por diferentes circunstancias, sin embargo el ser madre adoptiva, debería estar en el corazón de toda mujer, porque la adopción está en el corazón de Dios también.

Hoy celebramos a todas esas madres que han dispuesto amar intensamente, a sus hijos del corazón.

 

¡Coram Deo!

 

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